La Habana pensada por Julio Le Riverend Brusone


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El eminente historiador objeto de este comentario es altamente consultado por los estudiosos de la historia de Cuba debido a su obra voluminosa y trascendente sobre la economía colonial y de la república burguesa neocolonial, y por sus reflexiones acerca de las ideas políticas, en particular las de José Martí, entre otras muchas áreas del saber historiográfico. Ciertamente, el gran maestro de la historiografía moderna ha contribuido a la develación multilateral de los procesos históricos insulares.

Aun cuando la trayectoria de Le Riverend es conocida, aunque no lo suficiente, y la autora de estas líneas la ha socializado en varios medios de divulgación, incluyendo este Portal de la cultura, no resulta ocioso recordar a los lectores algunos de sus aspectos más significativos.

Nacido en La Coruña, España, el 22 de diciembre de 1912, inició sus actividades políticas en Cuba integrando las filas antimachadistas. Por tal motivo sufrió prisión y posteriormente se exilió en Francia, donde ocupó la Secretaría General de la Unión Latinoamericana de Estudiantes e integró las filas del Partido Comunista Francés hasta 1933. Al regresar a Cuba, desde 1934 hasta 1937 estudió las carreras de Derecho Civil y Ciencias Políticas, Sociales y Económicas, doctorándose en ambas. En el último año mencionado recibió el Premio Especial de Historia de Cuba por su trabajo titulado Expulsión de los diputados cubanos a las Cortes Españolas, a instancias del profesor de la Facultad de Filosofía y Letras Elías Entralgo. El texto fue publicado por la revista Índice en el propio año. Semejante reconocimiento le facilitó la designación de alumno-ayudante de la Cátedra de Historia de Cuba, actividad que desempeñó hasta 1939. Colaboró, además, con la revista Páginas (1937-1938) e integró su Consejo de Redacción. Al graduarse de doctor en Derecho en 1938, le fue otorgado el premio Ricardo Dolz y tuvo la posibilidad de ejercer la abogacía en la Audiencia de Santiago de Cuba. Simultáneamente, impartió las asignaturas de Historia y Geografía Económica en la Escuela Profesional de Comercio de dicha ciudad.

A partir de la década del 40 mantuvo una estrecha relación con dos grandes de la cultura cubana y universal: Emilio Roig y Fernando Ortiz. Con el primero a través de la Sociedad Cubana de Estudios Históricos y con el segundo durante su permanencia en la Sociedad Hispanoamericana de CulturLe Riverend fue un activo participante en los Congresos de Historia celebrados en la capital cubana, mostrando su sabiduría en la historia e historiografía de Cuba. Desde entonces se hizo sentir como intelectual relevante. Por su prestigio obtiene la beca en el Colegio de México (1943-1946), y la posibilidad de reafirmar conocimientos y adentrarse en las ciencias sociales a escala internacional. Así se  evidencia a través de sus continuas relaciones con instituciones y personalidades relevantes mexicanas, y por su colaboración con la Revista de Historia de América, patrocinada por el Instituto Panamericano de Geografía e Historia bajo el auspicio del afamado historiador Silvio Zavala.

Durante la década del 50 se relaciona estrechamente con la Sociedad Económica de Amigos del País, a la vez que se desempeña como funcionario en el Ministerio de Estado y en la dirección del Patrimonio Nacional del Tribunal de Cuentas. Sus actividades políticas contra el régimen de Batista lo obligaron a exiliarse hasta su regreso al país en 1959.

Desde el triunfo de la Revolución hasta su deceso el 12 de mayo de 1998, desempeñó múltiples cargos tales como vicepresidente de la Academia de Ciencias de Cuba, viceministro para la enseñanza general y especial del Ministerio de Educación, presidente de la Unión de Historiadores de Cuba, director del Archivo Nacional y del Instituto de Historia de Cuba, representante permanente de Cuba ante la UNESCO y director de la Biblioteca Nacional José Martí.

Dentro de su prolífica obra no deben omitirse sus aperturas hacia las historias regionales, cuyo beneficio mayor recayó en la provincia de La Habana, objeto del presente comentario.

Es conocido que la capital cubana ha motivado a varios historiadores y docentes a la realización de diferentes estudios sobre el asociacionismo, la institucionalidad, el movimiento intelectual y el de los sectores obreros, así como la cultura artística y literaria, por solo mencionar algunas áreas del conocimiento histórico.

Pero, pese a su condición política y jurídica, no ocupa un lugar preferente en los estudios regionales. Sin embargo, no pueden soslayarse las realizaciones del otrora Movimiento de Activistas de Historia y las importantes investigaciones realizadas por Carlos Venegas y Rolando Rensoli. El primero aporta una nueva visión de la historia cultural en los tiempos coloniales, y el segundo muestra la multilateralidad de los fenómenos autóctonos de una provincia merecedora de revisitaciones constantes. Existen, además, investigaciones puntuales sobre los municipios realizadas por los historiadores locales bajo el patrocinio del mencionado Movimiento de Activistas de Historia cuyos objetivos fueron los de preservar la memoria mediante la docencia y el fortalecimiento de los museos.

La Habana. Biografía de una provincia, de Julio Le Riverend, tuvo su primera edición en 1958 y en 1960 fue publicada bajo los auspicios de la entonces Academia de la Historia. Estructurada en cinco grandes secciones, abarca desde la colonización y conquista hasta los inicios del siglo xx.

Resulta evidente que el autor incluyó gran parte de sus estudios sobre la historia económica publicados en La Historia de la Nación Cubana durante los inicios de la década del cincuenta del pasado siglo y socializados como monográficos independientes después de 1959. Esta labor fue sumamente acogida por los historiadores y docentes del país y constituye un referente de obligatoria consulta para los estudiosos de la historia nacional. Recuérdese que en la obra del maestro Le Riverend se aplican creadoramente, los preceptos metodológicos del marxismo propugnado por los artífices de los Annales franceses, cuestionados por los dogmáticos recalcitrantes procedentes de la obsoleta escuela soviética de corte estalinista.

En la mencionada obra sobre la historia habanera, el lector encontrará un universo de información pormenorizada sobre los procesos internos de una región que él define, desde sus peculiaridades e identidad, no como capital, sino en su integralidad provinciana. Esto, de por sí, justifica su carácter nacional y metropolitano.

Le Riverend nos muestra la identidad habanera alejada de consideraciones estereotipadas y muy cercana a las intimidades de las formas de vivir de sus moradores. Nos permite comprender los hábitos y costumbres, los gustos y aspiraciones de la sociedad profunda y no solo los de las élites históricas; las angustias y aspiraciones de quienes tuvieron que enfrentar, desde la cotidianidad, los avatares de la supervivencia sin perder la esperanza de vivir bajo otros sueños y realidades.

El maestro, con su voluminosa obra, nos enseña a respetar por igual al gran tribuno creador de ideas y al no menos importante labrador, artesano, esclavo, liberto, inmigrante, lavandera, cocinera, partera, intelectual, maestra, bodeguero, albañil y cuantos sembraron, con su sudor, la imagen real de una ciudad que no ha muerto pese a las angustias de los tiempos actuales. Quien estudie las páginas de su prodigiosa biografía se adentrará en el pasado habanero con alegría, respeto y amor por los años ancestrales, y por quien es capaz de ofrecernos sus mejores saberes para seguir andando con la hidalguía de la historia. Bien merece la reedición un libro realizado desde la inteligencia y la pasión por el gran intelectual que es Julio Le Riverend Brusone.


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