Se preguntará el lector las razones de estas líneas cuya autora no escribe vivencias personales, sino artículos y reseñas sobre temas relacionados con la historia y la cultura en general. Tal vez piense que el cambio de temática, en esta oportunidad, se corresponda con su vejez, porque, ciertamente, los años nos hacen evocar el pasado con mayor vehemencia que cuando éramos jóvenes y soñábamos que en el futuro lograríamos todos nuestros sueños. Pero hoy, al ver y escuchar el dolor y la indignación de los participantes en el homenaje a nuestros hermanos caidos en defensa del presidente secuestrado por el imperio, pensé en la Venezuela herida por quienes no fueron capaces de echar su suerte junto al pueblo y sí, desde el gabinete y la riqueza, ordenar la masacre de sus guardianes.
Desde este sencillo y apacible espacio donde escribo, leo e investigo el pasado y el presente, retorno a mi primera infancia cuyo escenario fue la Venezuela de los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado. Allí viví hasta los nueve años, después de nacer en el legendario Camagüey. Barquisimeto, San Felipe, Chivacoa y el central Matilde, pertenecientes al estado de Lara, constituyeron los espacios donde desperté a la vida aprendiendo a hablar, escuchar, leer, soñar y amar por primera vez. Fueron sus ríos, arroyuelos y cerros los testigos de mi fantasía y, debo decirlo, del juramento, irracional pero sincero, de que nunca le sería infiel a quienes me protegían y cuidaban.
En el mencionado central azucarero aprendí a amar la naturaleza; a andar por los montes y las serranías azules y amarillas; a no sentir miedo de los insectos, las ranas y los sapos peludos, las culebras de variados colores, pacíficas y venenosas, los cocodrilos del río, los monos sonrientes y traviesos, los árboles acogedores y carnívoros; conocí las rocas azules y rojas incrustadas en las cavernas, que parecían bocas sedientas, las gotas inmensas de las lluvias infinitas que nutrían la sed de los caminos, las hojas acogedoras del cansancio de los humanos, los atardeceres confundidos con el amanecer de un nuevo tiempo de andar por esas ignotas plenitudes y el cerro nutrido de una misteriosa leyenda sobre una india devenida diosa eterna. María Lionza se llamaba la infeliz que los españoles violaron, por rebelde impenitente. Pero ella logró alcanzar la cima del cerro, alzó sus brazos y Dios la transportó hacia el infinito mundo de las estrellas, desde donde, según sus creyentes, ampara a sus hermanos de origen. Tambié supe de la tristeza de los braceros indígenas, cortadores de caña, de cuyos dominios fueron expulsados por los blancos foráneos.
Mi hermano Jorge y yo nos escapábamos de la tutela familiar para andar por aquellos fascinantes lugares. En esas andanzas conocimos los ritos religiosos y las labores artesanales de los indígenas. En una ocasión nos bautizaron a su estilo y creencias, y nunca se lo comunicamos a nuestros padres por miedo a la reprimenda. Lo cierto es que Jorge aprovechaba la estancia de nuestra voluntaria clandestinidad selvática para cazar y perseguir cuanto animalejo encontrara en su camino; sentía pasión por esa actividad, hasta el extremo de decir que cuando fuese grande sería “bichólogo de profesión”. Como mis pequeños zapatos eran de cuero, mientras que mi hermano calzaba los tenis de moda de la época, los indígenas decidieron regalarme unas zapatillas de tela tejidas por ellos, con la condición de que las dejara en la aldea para evitar que mis padres supieran de nuestros misteriosos encuentros. A decir verdad, aquel fue el primer regalo que recibí fuera del ámbito familiar. Pero, mientras las usaba, sentía, con gran alegría, que era parte de ellos. Ahí nació mi sensibilidad por los pobres y desposeídos
Una tarde, estando sola —Jorge no quiso acompañarme—, me tuve que refugiar en una cueva por el colosal aguacero que caía despiadadamente sobre aquellos montes. Ahí vi las culebras y demás animalejos, y supe que hacían lo mismo que yo, buscar protección, por lo que no podía temerles. Un indígena me encontró y para consolarme me regaló una piedra sacada de la tierra, y me dijo que cada vez que tuviera miedo o angustia la frotara, que ella me ayudaría a vencer esos estados de ánimo. Él se llamaba Juan y tenía la edad de mis hermanos mayores. Lo cierto es que aún la conservo como recuerdo de aquellos tiempos felices.
Papá nos construyó una pequeña casita de madera en lo alto de un árbol cercano a la vivienda para que disfrutáramos de la soledad y la hermandad entre nosotros. Cuando nos regañaban por cualquier travesura, ahí nos escondíamos. Desde su pequeña ventana divisábamos el central azucarero, el llamado hotel club donde vivían los técnicos solteros y pernoctaban los dueños cuando lo visitaban, los montes y el cerro colindantes. Para mí, lo más encantador era el atardecer con sus luces tenues y cargadas de nubes. En mi fantasía de niña, pensaba que el sol estaba enamorado de la luna y por eso le cedía gentilmente su espacio. Pero me dolía que nunca compartieran su tiempo de iluminación y que la luz de uno no fuese igual al de la otra. Imaginaba que esta era tímida y por eso no brillaba igual al sol. A ambos los humanizaba y fabricaba historias de encuentros y desencuentros. También gustaba de contemplar las nubes radiantes con sus disímiles figuras que simulaban objetos y animales. No pocas veces contemplábamos la caída de la lluvia, con sus gotas inmensas y radiantes. La selva era parte de nuestras vidas y sus misterios no nos causaban miedo ni temor alguno, por el contrario, nos permitió andar por otros rumbos sin semejantes sentimientos.
Aún recuerdo los rostros de los indígenas cortadores de caña cuando, al amanecer, atravesaban nuestro patio rumbo al cañaveral. Esos forzados y hambrientos trabajadores nos miraban con su odio ancestral. No podía comprender las causas de su actitud, pero con los años aprendí que era la expresión de su rebeldía, la forma de decir que el dolor de la injusticia permanecía incólume; era el reflejo de un deseo eterno de cambiar la vida.
Cuando triunfó la revolución bolivariana, desde la Cuba donde me hice quien soy, sentí unos desmedidos deseos de volver a la tierra de mis tempranas quimeras. Allá nació el hermano menor, el militar que hubiese defendido a sus compatriotas de origen y el que nunca conoció los azules sueños de nuestra infancia.
Hoy pido disculpas a los hermanos caídos por no haber estado junto a ellos. Hoy siento el dolor de la ausencia, pero, también, la fuerza necesaria para seguir andando, junto a ellos y los recuerdos, para seguir construyendo el mundo justo que merecen nuestros pueblos.
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